viernes, 6 de febrero de 2009

Los gordos del Macdonal

Publicado en la Antología "Nueva Literatura de Habla Hispana" (Editorial Nuevo Ser, Argentina, 2009).

I

Se acercó a la caja, con aire resuelto aunque algo distante.
—Buenas tardes, ¿qué vas a llevar? -le preguntó una empleada sonriente y tan pequeña que apenas sobresalía por encima de la caja registradora.
—Una hamburguesa, de esas grandotas, y una Tab -pidió.
—¿Una Tab? -preguntó la empleada-, ¿qué es?
—Una gaseosa, una gaseosa de bajas calorías, ¿no la conocés? -se indignó-, ¿cuántos añitos tenés?
—Dieciocho –contestó la empleada con un tono algo nervioso.
—Claro, claro -dijo él y giró su cabeza para sonreírle a un muchacho gordo y rapado que hacía cola delante de otra caja-, sos muy chiquitita, ¿cuántas veces te eligieron empleada del mes?
—Dos -contestó ella, ruborizada debajo de unos rulos castaños y movedizos-, ¿qué se va a servir con su Big Mac?
—Coca Neuss -dijo seriamente y sonrió al ver el desconcierto en los ojos de la chica-, fue un chiste. Dame una Coca.
La empleada se alejó con paso gracioso, de lagartija con rulos, y comentó algo con otro empleado sonriente, de camisa a bastones rojos, tan insignificante como ella.
En pocos segundos regresó a la caja con el pedido. Cuando apoyaba la bandeja sobre el mostrador, pudo ver una extraña inscripción en la remera del cliente, gordo y pelado, apenas visible debajo de una campera de jean: «Muerte al payaso Ronald».
—¿Sabés, nena?, en la época de la Coca Neuss, y ni hablar de la época de la Vidú, la gente vivía mejor en este país -le dijo y, después de guiñarle un ojo, se alejó de las cajas.
Caminó lentamente hasta la primera mesa, ubicada sobre la izquierda del local, mirando hacia la calle, y se sentó de costado, apoyando la espalda contra la pared. Hizo un gesto casi imperceptible, tocándose la oreja derecha. Un pequeño ademán que sólo percibieron cinco personas en el lugar. Los cinco eran gordos. Los cinco estaban rapados.
La «Operación Frenys» había comenzado.




II

Sus nombres de guerra eran, por orden jerárquico, Bondi, Púa, Birome, Vino, Gardel y Asado, también apodado Tirita por ser el más pequeño.
Cuando Bondi hizo el gesto convenido, Púa y Gardel se acercaron a la puerta, esperaron que entrara una señora de tapado marrón y paso cansino, y la cerraron violentamente.
Asado, que se había deslizado como un fantasma hasta la segunda fila de mesas, sacó un revolver y lo apoyó en la nuca del único guardia de seguridad, que comía un helado de crema con la vista perdida en el suelo recién lavado a golpes de lampazo.
Bondi, el más gordo, se paró sobre la mesa, sacó una pistola y dijo, apuntando al techo lleno de globos de colores:
—Todos quietos o son hamburguesas.
Hubo un instante de confusión, gritos y corridas.
Gardel, el más ágil de los gordos, tacleó a un joven de traje que intentaba huir hacia la calle y Asado tomó del cuello a una señora de rulos duros y sucios, armados con spray.
Los gordos se movieron rápidamente. Birome y Vino colgaron unas cortinas oscuras, tapando los ventanales que daban a la calle y colgaron en la puerta un cartel de acrílico blanco y letras negras que decía «cerrado por balance».
Bondi corrió hasta las cajas, saltó el mostrador y después de pegarle un culatazo en la cabeza al supervisor de turno, de reglamentaria camisa a bastones rojos que comenzaron a perder la forma en medio de una mancha de sangre, arrancó el teléfono.
—Somos los gordos del Macdonal -gritó Bondi- si se quedan tranquilos no les va a pasar nada y en unos minutos se van a poder ir tranquilamente, después del tratamiento anti-imperial.


III

Gardel, parado en medio del pasillo del local, dijo mecánicamente:
—Los niños al pelotero. Los padres los acompañan y vuelven a las mesas inmediatamente. Ahora mismo, o vamos a hacer aros de cebolla con sus orejas. El primero que hable o haga ruido termina más pálido que el payaso de Macdonal.
Mientras comenzaba la extraña y silenciosa peregrinación hacia el pelotero, Púa se sentó en una mesa individual y dijo a viva voz:
—Los extranjeros, si son tan amables, deben acercarse hasta aquí, con el documento en la mano -miró alrededor-, después de un pequeño trámite podrán retirarse.
Lentamente, con desconfianza, cuatro personas se acercaron a la mesa.
Púa los interrogó brevemente y anotó en un pequeño cuaderno de hojas rayadas y anillo espiral: «un bolita, dos paraguas, un chilote».
—Es para la estadística, ¿saben? -comentó, sonriente-. Si los señores son tan amables y se dignan a acompañarme hasta la cocina, en instantes podrán retirarse.
Los extranjeros lo siguieron con paso lento, en silencio, y se perdieron detrás de las freidoras industriales.





IV

El primer grito, agudo y chirriante, sonó como la agonía sexual de un gato o una frenada de automóvil. Pero era un alarido largo y doloroso que retumbó desde el fondo de la cocina.
—Tranquilos, que no pasa naranja –dijo Gardel, sonriéndole de colmillo a una adolescente.
El segundo grito pareció salir desde dentro de una caja de cartón, amortiguado por una mano o un trapo de cocina.
El tercer alarido inició una suave melodía gospel, un extraño mantra litúrgico, con un adaggio silbante que se perdió en medio de dos voces quejumbrosas, más bajas, para resurgir de entre sus agonías con un allegro vivace estridente y filoso.
El cuarto, con tonos barítonos y aterrados, completó el coro jadeante de voces que llegaban desde algún lugar de la cocina, detrás de la línea de empleados que se amontonaban en el suelo entre temblores, llantos y camisas de bastones carmesí.
—Ya está –dijo Púa, que apareció sonriente desde el costado del mostrador mientras guardaba un pequeño utensilio de metal, parecido a una cuchara de punta plana, en una caja de pana azul con puntilla blanca.
—Gardel, Asado, las cortinas, que nos vamos –ordenó Bondi, señalando con el arma.
Los gordos se dirigieron con paso rápido y gracioso, de pelota de goma rebotando en un suelo de baldosas, hasta la puerta.
Bondi retrocedió unos metros por el pasillo central, carraspeó y miró a su alrededor.
—Esto sólo fue una advertencia. Un llamado –sus ojos miraban sin ver a través de la gente. Les hablaba a todos sin hablarle a ninguno-. La próxima vez que los encontremos comiendo esta mierda, alimentando las arcas del capitalismo no vamos a tener otra opción que pasarlos por el consejo de guerra. Este es el país del asado, del vino, del dulce de leche, del tango –hizo una pausa y giró hacia la derecha- somos Argentina, ¿es que acaso no lo comprenden? Ar-gen-tina. Argentina potencia, el granero del mundo, la tierra prometida.
Dicho esto, volvió a girar hacia la salida, sus compañeros descolgaron las cortinas y el cartel de la puerta, y se alejaron rápidamente por la avenida al grito de “Ar-gen-tina, Ar-gen-tina”.
Cuatro espectros sudorosos y asustados resurgieron lentamente desde el fondo del local. Caminaron en silencio, agitando sus manos como palomas heridas, en una extraña y ritual fila india.
Arrastraron los pies hasta el centro del salón y sin levantar la vista del suelo fueron saliendo a la calle, con los rostros sin color, muertos y lechosos como muñecas de porcelana, los ojos perdidos en algún recuerdo, a punto de desbordarse.
En las palmas de sus manos, ardientes y sedientas de cremas y hielos, reposaba en bajorrelieve, para el resto de sus vidas, una marca grabada a fuego: «Argentina potencia, reserva moral del mundo”.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Viva Argentina, carajo!

Fantômas dijo...

¡Buenas!

Quería pedir como favor, si no es mucha molestia, hace poco diseñé una nueva página y necesito empezar a posicionarla, si tuvieran la amabilidad de colocar un enlace a la misma.

La página es Videos Graciosos. De paso pueden comentarme qué les parece, ya que no está del todo terminada.

Un abrazo y gracias de antemano.

Kaly dijo...

m gustan tus historias

tienes buena cratividad por cierto t agregè ami lista